Mañana 452: Levantarse, preparar café, abrir las ventanas, y escuchar una canción para poder soportar la insidiosa proclama oscura de los días[1]. De regreso a la habitación, un beso, un abrazo tibio, un rezo no católico, más profundo, un gesto de esperanza en medio del maléfico noviembre, en medio de la catástrofe de 2012.
Amanezco. ¿Qué carajos es eso de la esperanza?, me pregunto mientras me visto, y algo del cuadro de los troncos resecos en la sala, me grita: ¡Esto es la esperanza, idiota, esto! Dejo de vestirme, miro alrededor, y es verdad, ahí está la esperanza: una mañana azul o gris, un café, algo de música, Bogotá, Colombia.
07:48 a.m. La oficina está normal. Otro café. Revisión de los medios, no de todos, para ver cómo está comportándose el país. El representante a la Cámara Iván Cepeda ha puesto una cita en su cuenta de twitter. Dice: El consejo de Mandela a los negociadores de paz: “No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones”. Café, urgente un café y un cigarrillo. Ascensor rápido y a la banquita de madera de los solitarios. Yo leí alguna vez el libro El sentido de lo Humano, de Humberto Maturana. Allí el autor hace una marcación diferencial entre lo racional y lo sensato. ¿Cómo es eso? Si se trata de ver y encontrar salidas a la guerra, escribe, lo acertado no es abordarlas desde la razón, sino desde la sensatez, entendiendo que si se intenta desde la razón, es decir, al preguntarse quién la tiene y quién no, el asunto se torna irresoluble porque cada una de las partes en contienda la tendrá en algún sentido, contrario a si se busca desde lo sensato que, al no preguntarse por quién tiene o no la razón, cambia la pregunta y la configura en el sentido de cómo queremos convivir.
¿Qué necesitamos para poder convivir? ¿Cómo construir espacios y lenguajes que puedan generar las garantías de Convivencia en todos los aspectos y niveles?Wittgenstein decía: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, y es cierto.
La cita usada por Cepeda dice mucho, y las redes sociales, a veces, funcionan mucho. Mandela no era un imbécil, y hay que tomar en serio su consejo. Y por ahí entre bajar la cabeza y levantarla sin saber para qué, se me cuela Ernesto Sabato, que nunca usó las redes sociales de hoy, pero muchos de sus adeptos, lo han puesto a rodar por la autopista de la información: el argentino escribía: lo fundamental en la existencia del hombre no está determinado por lo racional, sino por sus emociones, y como Mandela, tenía y tiene razón.
Clarísimo: el arte es imprescindible, y debe aparecer siempre, en todos lados, incluidas las redes sociales, y hay que estarlo revisando siempre para poder revisarnos en él, en su lenguaje subversivo y reivindicador que nos pone ante un espejo en donde nos vemos de cuerpo completo, con lo que somos y con lo que no.
Lo recuerdo: quien me habló hace un tiempo de la obra de arte como espejo, fue la poeta antioqueña Piedad Bonnett, nacida en Amalfi, el municipio de Antioquia en donde nació también, por ejemplo, alias Mono Leche. Amalfi: municipio que ha tenido que sobrevivir a la violencia guerrillera y paramilitar, y que ha sido capaz de acunar en su historia a una poeta y a un delincuente de la peor calaña. A veces pasa. Los municipios son como las calles oscuras que, como decía Cortázar, favorecen en dosis iguales al amor y a la delincuencia.
Acotación: Bonnett no es sólo poeta, sino que también es dramaturga. Su obra de teatro “Algún día nos iremos”, que se reestrenó hace unos meses en la sede del Teatro Libre de La Candelaria, trata de la violencia, de la desintegración social externa e interna que causa la guerra. Piedad es una mujer delicada. La fuerza está en sus textos, y en su mirada cuando piensa en su infancia y me lo cuenta. Al preguntarle sobre las expectativas de este proceso que está iniciando entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc, me dice que ella siempre ha creído en el diálogo como forma de solución de los conflictos y que tiene mucha esperanza en que todo salga de la mejor manera. Ella, una mujer dedicada a las letras en tiempo completo, como muchas otras personas que se mueven en el difícil mundo de las artes en el país, coincide en algo: hay que apostarle a la esperanza.
Flash Back. Noche. Teatro Libre. Alejandro Gómez, estudiante de actuación de la escuela del Teatro Libre de Bogotá, me respondió la pregunta: los colombianos tenemos el deber de pensar con esperanza en este proceso, me dice sentado en la mecedora que hace parte de la escenografía de la obra de Piedad Bonnet justo en la sala que diseñó el arquitecto Simón Vélez. Contundente. Alejandro no ha cambiado mucho. Hace un tiempo lo entrevisté acerca de otra obra, Penas y Cadenas, sobre la situación gravísima de las cárceles en el país, y aquella vez me habló directo también sobre la violencia: a quienes vivimos en Bogotá nos cuesta entender que las regiones también son el país, y muchas veces lo olvidamos.
No puedo subir a la oficina sin ponerme otro cigarro. Listo. Encendido. Quienes decidieron moverse en la avenida rota de la cultura del país y luchan a diario para no caerse de bruces en el hueco, siempre tienen algo que decir sobre la paz, y hay que darles la voz. Por eso, antes de que se vaya a su semana de vacaciones, me fui a la 93 a preguntarle qué pensaba sobre el tema a Marianne Ponsford, la directora de la revista Arcadia. La amabilidad en ella rebasa la timidez que nunca se le va del todo. Suéter negro de algodón y sonrisa siempre. Me recibe, y me da café. Ya sentada, micrófono en mano, me responde la pregunta: Todos tenemos el deber de tener esperanza, y yo la tengo/ sería irresponsable, como ciudadano, no celebrar el inicio de conversaciones entre el gobierno y las Farc/… los filósofos están refugiados en la academia, y aunque hay honorables excepciones, muchos parecen no tener interés en pensar el conflicto y le dan la espalda al país. Antes de despedirnos, me habla de La Sirga, la película de William Vega. La mejor película colombiana, de lejos, me dice. El manejo sutil del tema de la violencia en esa película es otro espejo del país. Le agradezco y salgo.
Sigo con el café casi terminado, y qué carajos, me enciendo otro cigarro. Otro que se me viene a la cabeza en esta especie de tertulia armada con recopilaciones es Michel Wieviorka, el sociólogo francés a quien entrevisté en la embajada de Francia. Buen manejo del español y buen genio. Él es un teórico, y a diferencia de Marianne Ponsford quien me advirtió que no tenía la auctoritas para hablar sobre el tema y que lo hacía como ciudadana, habla como académico: el conflicto es la relación entre actores, una relación institucionalizada que permite a las personas dar sus puntos de vista, pero que no lleva a nadie a matar a nadie. Y cuando dentro de ese conflicto no es posible negociar, es decir, cuando no se respeta el punto de vista del otro, allí nace la guerra.
Así van las cosas a estas alturas. Alturas que más bien son la mitad de la escalera. Faltan todavía peldaños, pocos, pero faltan. Y habrá que engrasar muy bien las piernas para el resto. Listo. Si no subo a la oficina ahora, tendré líos. Pongo el cigarro en el vaso plástico ya sin café. Entro al edificio y tomo el ascensor. Coincido con una empelada de la secretaría de Educación que va al cuarto piso. Ella me mira y me sonríe. No tiene otra opción. Le contesto mirándola. Ella se baja y yo sigo. Un piso más, y se abre la puerta metálica. Paso la recepción y vuelvo a la oficina.
Pensamiento 97: yo sé que hay sectores que, vaya a saber por intereses de qué tipo, no creen en el proceso, y están en su derecho. Cada uno busca la savia que lo nutra a su manera. Retuiteo a Iván Cepeda, multiplico el mensaje. Mandela no era un imbécil. Esta cita me abre las puertas a una reflexión sobre el proceso de paz que se ha iniciado en el país, y me motiva a seguir buscando y buscando respuestas, abriendo diálogos con la intención de poder llegar, algún día no muy lejano, a poner airoso el mantel de la próxima cena esplendorosa lejos de las actuales ruinas con su polvo.
[1] Hoy, sonó, A quién de Alejandro Filio



El tiempo entre los dos años, como se dice en alemán, o sea, los días entre navidad y noche vieja, son días tranquilos. La capital está vacía. Únicamente grupos de turistas en el Checkpoint Charlie en la Friedrichstraße se atreven a salir a la calle con este frío y húmedo clima. La mayoría de las personas están reposándose de la comilona de las fiestas y del estrés de fin de año, viendo un par de blockbusters en la tele, ordenando los regalos en los estantes, hablando por teléfono, callando, durmiendo. Hasta que en el último día del año llegan los fuegos artificiales. Llegan por delante, por detrás, por arriba, el 31 de diciembre, cuando está oscuro, es difícil no toparse con ellos. Una vez les grité a unos chicos que estaban prendiendo algo: “Eh chicos, tengo tinnitus, espérense a que yo pase para prender los petardos”. Y estos: “Por supuesto, mi señora.”
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